Por cortesía del Game Pass de Xbox he tenido la oportunidad de jugar Doom, un título que, debo ser sincero, no me llamaba la atención en lo más mínimo. No porque no me gustase el supuesto regreso a los orígenes del shooter; cuántas veces me habrán echado del aula de Informática por viciarme al Quake Arena junto con los compas en los ordenadores de la clase; sino porque estaba consciente de que el juego caería en los problemas de la época a la que buscaba homenajear. Si soy sincero, prefería ese Doom 4 que planteaba una guerra  a mayor escala y que luego fue cancelado por que se alejaba del verdadero concepto de la franquicia.

Después de echarles unas 8 horas de juego, más o menos lo que dura la campaña, no voy a negar que me la pasé muy bien cazando demonios, destrozando cráneos y disparando a lo bestia. En definitiva, me la pasé mejor de lo que esperaba aunque estoy seguro que con el paso del tiempo seguiré recordando Doom 3 con mayor cariño. Esa mezcla entre survival horror, gore y FPS old school, sinceramente, me marcó lo suficiente como para tenerlo entre mis títulos favoritos.

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¿A qué venimos? ¿A dónde vamos? ¿Doom es divertido? Sí, se podría decir que en las primeras horas  nos encontramos con un juego difícil de soltar pero se queda sin ideas muy rápido. Quizás porque su mayor atractivo este en la originalidad de querer retrotraerse a los 90 y traer, de vuelta, esa jugabilidad rápida y descerebrada de las entrega originales. Doom es un juego raro de jugar, raro en el sentido más positivo de la palabra. Por qué en una época dónde debemos pulsar botones para recargar, contamos con coberturas o escenas llenas de scripts, Id Software simplemente se limita a meter al jugador en la piel de una cámara voladora que empuña un arma y se desliza a la velocidad de la luz. Y digo “cámara voladora”, porque poco importa quién es el prota o que está pasando en Marte, aquí se viene a matar demonio.

El juego es simple y eso lo hace divertido pero, a la vez, es su talón de Aquiles. El regreso a los orígenes funciona en las primeras horas, luego ya es necesario que pase algo más, que haya un cambio. Liquidar oleadas de enemigos es entretenido, orgásmico en los primeros compases pero después Id Software no sabe cómo darle una vuelta de tuerca al asunto sin perder la esencia. ¿Es entretenido? En ciertos momentos sí, en otros es un incordio difícil de superar.

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Id apuesta por levantar el ritmo a base de caer en los grandes problemas del FPS old school. ¿Y cuáles son esos problemas? Más allá de que todo se resume a avanzar y liquidar oleadas, Id te muestra cuando estás llegando al final, porque todo se vuelve más tortuoso, todo se sufre más, todo viene en paquetes dobles.  Si hay un enemigo difícil de derrotar, Doom te lo presentará por partida doble o comenzará a colocar oleadas, una detrás de otra sin cesar con tal de estirar las horas de juego.

No está mal, seguramente aquellos fanáticos del FPS de la vieja escuela y, por sobre todas las cosas, de la saga, no pedirán más que esto. En mi opinión, su principal punto negativo es mirar tanto al pasado, ojo que no pido escenas o situaciones a lo Call of Duty o Battlefield, pero más allá de los vicios que sufre el género actualmente, ha habido ciertas evoluciones más que positivas y que, perfectamente, se podrían aplicar en Doom sin perder las señas de identidad.  El parkour y el gancho, por nombrar alguna de ellas, son algo que echaba de menos en esta entrega, hay momento dónde deseaba tener ese gancho o la posibilidad de correr por el escenario, trepar, deslizarme y hacer otras tantas cosas que he visto en Titanfall.

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MachineGames es un estudio que ha sabido actualizar Wolfenstein con atino, sin perder esa esencia de “juego de la vieja escuela”. Los tiroteos están, las oleadas están pero mejor distribuidos y asentados en una narrativa atípica para el género. Es un juego que mira al pasado con sus mecánicas pero también saluda el presente al incorporar el sigilo para ofrecer situaciones variadas.

En definitiva, Doom huele a viejo y está bien, pero quizás mantiene ese aroma durante demasiado tiempo y, en algún punto, es necesario que se tome una buena ducha, se enjabone la espalda y vuelva a ensuciarse. Esperemos que Doom Eternal sea ese baño de agua caliente y jabón.

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